El Cementerio de Granada, una historia para el Día de Todos los Santos, 1 de noviembre

El último día de octubre y los primeros días de noviembre son días de relación con la muerte. Ya sea por el cada vez más popular Halloween como por la tradición de acudir a los cementerios a visitar a nuestros seres queridos. Y el Tenorio, que no se nos olvide. El caso es que el cementerio es imprescindible en cualquier núcleo urbano, porque la muerte forma parte de la vida. Nuestra manera de relacionarnos con ella, al igual que la forma de entender los lugares de enterramiento, han ido cambiando con el paso de los años, de los siglos, de los milenios. Pero la muerte SIEMPRE ha estado (está y estará) con nosotros.

El actual cementerio de Granada, el Cementerio de San José, en la misma colina, nada más y nada menos, que la Alhambra, es uno de los mejores ejemplos de camposantos monumentales de Europa. Sin contar con las maravillosas vistas que desde allí se disfrutan de Sierra Nevada de de la Alhambra. Que sí, que normalmente uno no está allí con ganas de vistas ni de nada (o simplemente está sin estar ya). Pero es que existen visitas guiadas al cementerio de Granada. No solo para disfrutar de las vistas, sino también de las finísimas esculturas funerarias que hay allí y, además, los restos del palacete nazarí de los Alixares del siglo XV.

Actualmente en la ciudad de Granada contamos con este cementerio civil ya mencionado y otro de confesión musulmana, pero Granada llegó a tener ¡¡hasta 31 cementerios!! Pero, como dijo Jack el Destripador (lo siento, hoy tiene que ser todo muy halloweenesco): vayamos por partes.

Como ya hablamos en este post sobre los íberos, y como hablaremos más adelante en otro post sobre la Granada romana, en estos tiempos proliferaron las necrópolis entre los diferentes núcleos de población. Por eso, como también dijimos ya, es tan fácil que aparezcan cadáveres de hace cientos y miles de años en casi cualquier punto donde se abra un poquito el suelo.

Ya en época islámica (de los siglos VIII al XV), quedaron establecidos los cementerios o makáveres (¿os suena la palabra macabro?) al lado de los princiales caminos de acceso a la ciudad. Sin embargo, el cementerio más importante se extendía en un enorme semicírculo frente a la Puerta de Elvira, la más transitada de la ciudad.

Tras la prohibición de los cementerios musulmanes, los cristianos se encontraron a partir del año 1500 con una impresionante cantera de piedra. Efectivamente, utilizaron las piedras de las losas para levantar edificios. Así, encontramos iglesias cristianas, enlosados y un muro de contención en la Puerta de la Justicia de la Alhambra.

Se cuenta además que, cuando Boabdil fue obligado a abandonar Granada, pidió poder llevarse a sus antepasados. De hecho, cuando se abrió la rauda de la Alhambra, todos los enterramientos estaban vacíos, salvo uno. Se trataba de Fátima, nieta del fundador de la dinastía nazarí, una mujer fascinante de la que hablaremos en futuros posts. Por otro lado, existe una leyenda que dice que el padre de Boabdil, Muley Hassan, pidió ser enterrado en el pico más alto de Sierra Nevada (y que por eso lleva su nombre, Mulhacén). Por lo tanto, entendemos que Boabdil salió de Granada con todos sus antepasados salvo Fátima y Muley Hassan.

La nueva costumbre cristiana de hacia 1600 que llevó a nuestros antepasados a enterrarse en el interior de las iglesias, en sus atrios y en pequeños cementerios junto a los templos, tuvieron como consecuencia que Granada fuera la ciudad con más iglesias, conventos y monasterios de toda España durante los siglos XVI y XVII. Aunque la muerte nos llega a todos, también tenemos que tener en cuenta las diferentes clases sociales. Y es que sólo los poderosos eran enterrados en cabeceras de iglesias, bajo los altares, en naves laterales o en capillas. Las clases sociales artesanas eran enterradas en los atrios o pequeños jardines que daban acceso a las iglesias, o en el suelo o en nichos laterales de las paredes. Los cadáveres de la gente menos pudiente acababan en los laterales y en la parte trasera de las iglesias. Fueron cementerios colmatados. Hasta cuatro capas de cadáveres pudo a haber en el suelo y varias también en los nichos. Por eso, a partir del cuarto año del enterramiento, muchos cadáveres eran extraídos y arrojados al osario común para… ir dejando sitio…

Como queda claro después del párrafo anterior, el enterramiento era un asunto totalmente religioso entre los siglos XVI y XVIII. En el caso de Granada lo siguió siendo durante buena parte del siglo XIX, y es que la Iglesia se resistió a ceder esta competencia a la autoridad civil.

Gracias a los cronistas de los siglos XVII y XVIII, hoy sabemos que las iglesias y conventos de Granada empezaban a estar saturados de enterramientos en su interior. Una consecuencia incómoda era que los suelos estaban muy irregulares, debido a la continua apretura de baldosas para seguir enterrando a los herederos de aquellos que habían comprado el sitio privilegiado para su familia. Otra consecuencia, mucho más desagradable, era el olor a putrefacción que desprendían aquellos recintos cerrados, por eso utilizaban incienso y otras hierbas aromáticas, para intentar disimularlo. Una tercera consecuencia de esto, la más peligrosa, era la transmisión de enfermedades. Sin embargo, las iglesias continuaron siendo los panteones más deseados por los granadinos.

En 1673 la gran epidemia de peste llegó a Granada. En poco más de un año se contabilizaron 3.138 muertos en la ciudad. Las iglesias estaban llenas. ¿La solución? Aceptar que había que habilitar cementerios al aire libre y un poco alejados de la población. Aquella medida, claro está, se aplicó solamente a los menos pudientes. Los ricos que murieron durante la plaga, siguieron siendo enterrados en edificios religiosos. El primero de estos cementerios “para pobres” fue el que se conoció como cementerio del Carnero, entre Fajalauza y Cercado de Cartuja, habilitado por el Hospital de San Juan de Dios. No obstante, cuando pasó la epidemia, la población continuó enterrándose, como siempre, en las iglesias y en su entorno.

Hay una anécdota granadina de la época y en relación a estos enterramientos en iglesias. Como decíamos, había gente enterrada en los laterales y en los patios de las iglesias. Si conocéis Granada lo sabréis (y si no, ya estamos nosotros aquí para contároslo), que la iglesia de Santa Ana está justo en la orilla del río Darro. A finales del siglo XVIII se dio algún que otro caso de desbordamiento del río, que se llevó la tapia del patio parroquial de la iglesia. Creo que no hay ni que decir dónde acabaron los cadáveres…

No fue hasta 1787 que el rey Carlos III tomó cartas en el asunto y dictó una real cédula por la que se prohibió enterrar en las iglesias, salvo prelados y religiosos, una medida que venía impulsada por la Ilustración europea. En teoría. En la práctica, la jerarquía eclesiástica hizo oídos sordos y continuó con su costumbre ancestral. Sobre todo en Granada, que contaba con infinidad de iglesias y conventos. No estaban dispuestos a prescindir de los ingresos que les daban los enterramientos en suelo sagrado de las familias más poderosas. ¿Las razones sanitarias? Ni caso, oye… El aumento de población en las ciudades conllevaba problemas, al no contar con infraestructuras necesarias, para alejar de los núcleos urbanos todo aquello que era perjudicial para la salud, incluidos los enterramientos. Poco a poco, las grandes ciudades empezaron a habilitar los cementerios exteriores. Granada fue de las primeras en abrir cementerios fuera, pero seguían prefiriendo las iglesias. Esto era a pesar de que por aquel entonces Granada ya contaba con una población aproximada de 60.000 habitantes.

Hay que añadir que, a pesar del aumento de la población, Granada no había dejado atrás su estructura de ciudad medieval, llena de calles estrechas y rincones de difícil accesibilidad.

Hasta 1804, año en el que llegó a Granada el general Tomás de Morla, en calidad de Capitán General del Reino. Aprovechó un conato de epidemia de fiebre amarilla para formar una Junta de Sanidad. De modo que el 17 de noviembre de ese mismo año, el general ordenó que todos los cadáveres se enterraran en lugares despoblados para impedir infecciones contagiosas en los templos. Se acabó lo de enterrarse dentro de iglesias y conventos. Fue entonces cuando volvieron a habilitarse el Cementerio del Carnero (Fajalauza) y otro de la época, el del Pozo de Armengol (junto al río Beiro). Además se llegó a la conclusión de que debían construirse otros cementerios en la parte este-sureste de la ciudad: uno fue el del Camino de los Abencerrajes (Camino de Huétor Vega) y el otro en el pago de las Barreras, en unos terrenos cedidos por el Marqués de Campotéjar. Este último cementerio es el que, con los años, acabó conociéndose como Cementerio de San José, actual cementerio civil de Granada.

El gobernador del Reino se encargó de distribuir los muertos según las parroquias en las que residía cada uno. De esta forma, a Fajaluza irían los fallecidos en San José, San Juan de los Reyes, San Nicolás, El Salvador, San Bartolomé, San cristóbal, San Gregorio y San Luis (vaya, Albaicín puro). Al Pozo del Armengol irían los de San Andrés, Santiago, San Justo y San Ildefonso. A las Barreras (recordemos, actual cementerio) irían los de San Cecilio, Santa Escolástica, San Gil, Santa Ana y San Pedro. Y por último, al del Camino de Huétor, los del Sagrario, Magdalena, San Matías y las Angustias.

Sin embargo, aquella situación no duró mucho tiempo. Y es que ya en 1806, apenas se llevaba gente a enterrar al Camino de Huétor y al Pozo de Armengol (aunque continuó abierto bastantes años, ya que en él fue enterrada Mariana Pineda por primera vez antes de comenzar sus restos a dar tumbos, pero eso ya es otra historia). Por esa razón, se entendió que con los cementerios de las Barreras y el de Fajalauza era suficiente.

Los granadinos seguían poniendo inconvenientes a ser enterrados en “campo abierto”, abandonados. Y es que es real que los cementerios en aquel entonces no estaban cercados y solían estar llenos de perros que además, y siempre según los cronistas de la época, no era raro ver jugando con huesos.

Finalmente, en 1830, la Real Orden del 8 de agosto, comenzó a obligar a centralizar todos los enterramientos en un solo cementerio, cercado y adecentado. Se eligió el de las Barreras porque era el que tenía una situación más privilegiada.

El 3 de febrero de 1833, la reina Isabel II emitió una orden por la que indicaba que el proyecto del cementerio municipal de Granada debería pagarse con dinero público. A pesar de esta orden, nos consta que desde varios años atrás, ya estaban siendo enterrados en las Barreras algunas personas pobres y ajusticiados. Como por ejemplo, el actor Isidoro Máiquez, fallecido en 1820, totalmente abandonado tras su destierro a Granada. Vaya, que los orígenes del Cementerio de San José fueron para enterrar a los que, perdonad la expresión, no tenían donde caerse muertos.

Lewis, cortejo fúnebre hacia el Cementerio de las Barreras, actual San José, pasando por el viejo acueducto de Romayla, junto a la Alhambra.

Eso sí, el emplazamiento del cementerio, a 180 metros de altitud sobre la ciudad de Granada, gustó bastante a los granadinos. Y es que, estando tan elevado, en la cima de una colina, se facilitaba el acceso a la gloria eterna del cielo.

A pesar de tratarse de un cementerio civil, era el clero quien continuaba ocupándose de los enterramientos, también en terreno público. Los operarios recibían dos reales por abrir el hoyo. Los sacristanes por el repique de las campanas alrededor de un real. El sacerdote, por su intervención recibía una limosna que oscilaba entre los tres y los ocho reales. Solamente las personas totalmente pobres estaban exentos del pago, y estos abundaban en Granada. En ese caso, existía la institución de las Ánimas, que era una especie de cofradía que colaboraba en los entierros de estas personas exentas de pago por pobreza.

Además, solamente los ricos gozaban de una pompa fúnebre. En su viaje al más allá los acompañaban un párroco y sus monaguillos, que llegaban al hogar del difunto en la carroza del viático (como la que aún se conserva en la Iglesia de San Ildefonso). Estos cadáveres eran introducidos en una caja adornada y se les transportaba hasta el cementerio en coche de caballos. Desde 1844 aproximadamente, el recorrido para subir al cementerio (que ya para entonces había ampliado su capacidad a 12.000 sepulturas) era por la Cuesta de Gomérez, no sin antes recibir una despedida en la próxima iglesia de Santa Ana. A los más pobres, se les subía a hombros por la empinada Cuesta de los Chinos o por la no menos empinada Cuesta del Caidero para los residentes de la zona del Realejo. Eso sí, no todos los pobres pudieron ser enterrados en las cajas de madera utilizadas para el transporte y eran enterrados directamente envueltos en una sábana, o incluso sin ella.

A pesar de que el cementerio de las Barreras llevaba abierto ya más de setenta años, en 1894 todavía había noticias en periódicos como La Unión Democrática de Granada o Las dominicales del libre pensamiento de Madrid que criticaban el hecho de que Granada fuese la única ciudad española que mantenía abiertos treinta y un cementerios (seis en conventos de frailes y veintidós en conventos de monjas). El periódico madrileño decía “Mal huele, muy mal huele en Granada”, arremetiendo contra la jerarquía eclesiástica por poner en peligro la salud de los granadinos.

A raíz de estas críticas, el Ayuntamiento de Granada decidió realizar unas obras de consolidación de muros y taludes en Las Barreras, proyecto que además llevó hasta el lugar agua desde la acequia del Generalife y que terminó de plasmarse en 1910. Este proyecto también trajo consigo la construcción de la capilla en 1908.

Los cementerios de las iglesias fueron quedando clausurados progresiva y lentamente. Solamente se siguieron utilizando los panteones de personalidades públicas en iglesias y criptas. Las clases pudientes fueron adquiriendo pequeñas parcelas en los primeros patios y comenzaron a construir los panteones familiares actuales.

Tantos años después, el Cementerio de San José, sigue siendo el lugar de descanso eterno de la mayoría de granadinos. Sus patios más antiguos son el I, el II y el III, con enterramientos de finales del siglo XIX. La burguesía quería seguir manteniendo su estatus una vez fallecidos, y por esta razón llegó hasta nuestro camposanto el gran número de esculturas funerarias que todavía hoy podemos ver si paseamos por allí, si tenemos que ir por algo menos agradable que un paseo o si formas parte de una de las visitas guiadas que se pueden realizar en nuestro cementerio. Una de estas esculturas, y una de las más famosas del Cementerio de San José, es la del panteón de la familia Miraflores, aunque quien lo conoce lo llama “el de la Novia”. Lo podemos encontrar en el patio I y es uno de los más antiguos del cementerio. La escultura representa a una joven como dormida, y en él se encuentra una mujer que murió en agosto de 1888, días antes de su boda, por lo que la familia decidió enterrarla con su vestido de novia.

Los años pasan y nuestro concepto o nuestra forma de vivir la muerte (por paradójico que suene) van cambiando, modificando así los cementerios, para dar cabida también a aquellas personas que, eligiendo metodos diferentes al enterramiento, como es la incineracion, puedan descansar en ellos (recordemos que en España no es legal esparcir las cenizas en parques naturales, en monumentos o en el mar, por mucho que lo veamos en las películas). Con este fin encontramos el Bosque de las Cenizas en el Cementerio de San José.

Multitudinario entierro del escritor Ángel Ganivet en Granada, junto a su monumento
Uno de los entierros más multitudinarios de Granada fue el de Ángel Ganivet, en 1925, repatriado su cuerpo desde Riga, Letonia, la comitiva se dirige al Cementerio de San José a través del bosque de la Alhambra.

Si hay algo que caracteriza a cualquier cementerio español es el uso del ciprés. Su forma alargada es un símbolo del tránsito de la tierra al cielo. Y además, aunque muy sutil, también es un árbol aromático.

En cuanto a la mayor peculiaridad del Cementerio de San José de Granada es su conmovedor Patio de los Alixares, que aún conserva restos de una alberca musulmana que perteneció a una almunia (casa con jardín y/o huerto) nazarí. Pero, ¿qué pasó con este palacio? Desafortunadamente, un terremoto acabó con él en 1431 (Granada es zona sísmica). Se cuenta que el sultán Muley Hassan solía pasear mucho por esta zona…

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