El granadino que descifró la escritura íbero-levantina: Manuel Gómez-Moreno (1870-1970) 🔍

El historiador e intelectual granadino Manuel Gómez-Moreno Martínez (1870-1970) JUNTA DE ANDALUCÍA

Aunque muchas lenguas de la Antigüedad seguirán siendo un misterio indescifrable, es el afán de los investigadores el que acaba obrando milagros como el que vamos a contar aquí, el descifrado de la escritura íbera, aprovechando el ciclo de posts que por estas fechas vamos a dedicar al desconocido mundo íbero.

Además, para hablar de este tema existía una razón de peso llamada Manuel Gómez-Moreno (1870-1970), uno de los más reputados intelectuales que daría la Granada de los siglos XIX y XX, que además de arqueólogo, historiador, historiador del arte y lingüista, estuvo involucrado en la preservación del patrimonio artístico de Granada durante una época de «modernización» y destrucción de magníficos hitos de la vieja Granada. En algunos casos, promovió auténticas operaciones de salvamento.

Y en este post te contaremos…

1. El problema: no se entendía la escritura y a veces se «retrocedía» al querer descifrarla.

Es el propio Manuel Gómez-Moreno quien nos muestra el terreno que tuvo que labrar antes de dar con un método fiable para el descifrado de la lengua íbero-levantina. Y es que él mismo fue eslabón de una cadena de investigadores que se remonta al siglo XVI, si no antes.

Nota: sí, hemos dicho íbero-levantina, porque la escritura íbera del área meridional de la Península, correspondiente a Granada, Málaga, Jaén, Almería y otras áreas limítrofes, no sólo es un misterio, sino que parece haber sufrido mayor influencia extrajera o un decaimiento de su uso mucho más acentuado, entre otros factores que se barajan.

Pero debemos volver a lo que decíamos, recordando que la pasión por las «antigüedades» surge al calor de la llama renacentista que quiere recuperar los valores del mundo clásico y que un afán como el de comprender los epígrafes hallados en monedas u otros artefactos era tarea de cíclopes más que de humanos.

No obstante, los intentos están documentados y así los recordará Manuel Gómez-Moreno cuando en 1948 se dirija a la Real Academia de la Historia registrando sus hallazgos en un interesante y lúcido memorial:

«se viene trabajando por eruditos, así españoles como extranjeros, desde el siglo XVI con Fulvio Ursino y Don Antonio Agustín, tomando por guía los alfabetos conocidos: primero el griego y el rúnico; después el hebreo y el fenicio y aún los helénicos, con acopio de enorme doctrina y enorme desconcierto en sus conclusiones»(1 Gómez-Moreno, 1948, p. 251).

Durante el siglo XVIII y bajo el impulso de los ambientes ilustrados, Luis José Velázquez publicaría interesantes trabajos como Ensayo sobre los alfabetos de las letras desconocidas, que se encuentran en las más antiguas medallas y monumentos de España (1752) saliendo del tradicional estudio numismático y buscando leer tres alfabetos distintos: el celtíbero, el bástulo-fenicio y el turdetano, basándose en una hipotética raíz griega para los tres. Estos esfuerzos se verían multiplicados por el trabajo de Florez (1772) y Pérez Bayer (1773).

El caos no se quedó en aquellos remotos tiempos, porque Gómez-Moreno encontrará en las publicaciones del siglo que le vio nacer un panorama entre caótico y regresivo al que pocos habían puesto algún remedio:

«todavía, en pleno siglo XIX hubo desvaríos […] hasta llegarse a D. Antonio Delgado, que en 1857 empezó a poner orden en aquél caos de ocurrencias, trabajando exclusivamente, como todos, sobre el acervo numismático./ Él fijó correspondencias acertadas y propuso un sistema de lectura para los epígrafes monetales, que fue aceptado, sin desviación casi, por sus discípulos…» (2 Gómez-Moreno, ídem).

Aunque nuestro autor se refiere al acierto de Antonio Delgado -y más tarde la obra de sus discípulos- en saber situar cada moneda en su ámbito geográfico y así tener localizada cada variación de la escritura por zonas, también hace notar que la única escritura íbera bajo estudios rigurosos era la que aparecía en las monedas, el artefacto más accesible, comprensible y transportable que una civilización pueda producir.

2. Aún más dilemas ¿cuáles son los orígenes de la escritura íbera? ¿dónde se localiza?

Respecto a los pueblos íberos «no está claro que la lengua que se escribía en la zona del sudeste fuera idéntica a la que conocemos por ibérica» y el propio Gómez-Moreno nos deja claro que sus hallazgos corresponden a la escritura ibérica del noreste, siendo la del sureste -y la que nos atañe geográficamente, si hablamos de Granada– la más complicada y desconocida variante lingüística, en cuyo área geográfica parece haberse producido menos inscripciones, como hemos dicho antes, ya sea por la influencia de colonizadores mediterráneos y, posteriormente, una rápida e intensa romanización, o por otros motivos.

Curiosamente, durante siglos se pensaba en una sola lengua íbera anterior a la romanización de la Península Ibérica. Hoy sabemos que esto no es así, como tampoco parece estar clara la relación entre las lenguas íberas y los orígenes del vascuense.

Sería precisamente Manuel Gómez-Moreno quien viniese a revolucionar el estado de la cuestión cuando descifró el signario -el conjunto de signos- en las inscripciones indígenas, convirtiendo su obra en obligada referencia para la disciplina.

Como resultado, observamos que el íbero es una lengua más, inserta en una realidad lingüistica tan compleja y accidentada como la geografía peninsular y en la que la escritura que nos ocupa convive y toma préstamos tanto de las lenguas llamadas coloniales -fenicio y griego- como del latín a partir de la conquista romana. En suma, el mundo íbero es enormemente diverso.

De hecho, el propio Gómez Moreno reflexionaría sobre el más remoto pasado de la escritura, diferenciando aquellos códigos que sólo pertenecían a una elite muy reducida, al tiempo que consideraba el signario fenicio, por ejemplo, como nacido de un conjunto de influencias portuarias, en tanto que pueblo comerciante dependiente de su comercio marítimo, que prefería adoptar los símbolos empleados por las gentes más sencillas de los puertos y así poder entenderse.

La influencia de los códigos fenicios será de gran importancia dada la presencia de factorías, poblaciones estables y colonos en la Península Ibérica, pero en ningún modo habría de ser la única: el propio Gómez Moreno consideraba a la misteriosa civilización tartésica como una importante precursora de la escritura íbera.

Una de las propuestas sobre las áreas lingüísticas previas a la invasión romana, Villarronga, 1979.

Pretender delimitar las áreas lingüísticas peninsulares es una tarea enorme y peligrosa, en tanto que la influencia sobre el lenguaje de unas áreas a otras genera multitud de variaciones: la lengua no es algo estático, se la lleva el hablante allí a donde fuese, además es muy probable que existiesen individuos bilingües que ayudasen a configurar la propia escritura.

Actualmente es posible identificar áreas extensas gracias a la localización y rigurosa clasificación de las inscripciones halladas, puedes consultar los mapas con los hallazgos en Hesperia, el Banco de Lenguas Paleohipánicas promovido por la Universidad Complutense de Madrid.

3- Gómez Moreno sistematiza el signatario íbero

Es casi pecado hablar tan brevemente, como no tenemos más remedio, de la inmensa figura de D. Manuel Gómez-Moreno, que hoy, por otra parte, aparece muy ensombrecida por otros autores más recientes. El tiempo no perdona.

Sin embargo, podemos decir que Manuel Gómez-Moreno nació en Granada un 21 de febrero de 1870 y murió el 7 de junio de 1970, habiendo cumplido el siglo y tras haber vivido como un reputado académico, definición que se nos queda corta, sin ánimo por otra parte, de parecer aquí demasiado subjetivos.

Nuestro personaje creció en un ambiente más que propicio –familia de impresores y artistas– si atendemos a que su padre, D. Manuel Gómez-Moreno González (1834-1918) fue un reputado pintor local, arqueólogo, además de académico, conectado a la elite intelectual de Granada.

pintura historicista que muestra a los moriscos siendo expulsados
Manuel Gómez-Moreno González, La Expulsión de los Moriscos de Granada

Nació nuestro personaje en una localización clave, en una vieja casa morisca con sabor señorial que se encuentra en el barrio del Albaicín, que como ya habremos mencionado en otros escritos, supone la raíz, el área fundacional de Granada, plena de restos históricos que llamarían la atención del joven Manuel, a buen seguro interesado por las exploraciones arqueológicas de su padre, a quien siguió a Roma, junto con su familia.

La estancia italiana permitiría a D. Manuel no conocer el derroche de arte y antigüedades que atesora la ciudad, sino el hecho de aprender italiano e iniciarse en técnicas de dibujo: a fin de cuentas estaban allí por haber sido su padre pensionado durante dos años por la Diputación de Granada con el fin de perfeccionar su ténica.

En semejante ambiente, aquella casa debió ser para él todo un primer ateneo donde sentir el contacto de aquellas materias en las que acabaría por considerársele un erudito. Además de haberse formado mientras oficiaba de colaborador de su padre, quien entre otras responsabilidades, acabaría siendo director de la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos, dependiente de la Real Academia de San Fernando y que, cuando pudo, salvó edificios de su derribo, desaparición u olvido.

A la sombra de semejante padre y entorno, no es de extrañar que el hijo declarase a la Real Academia, respecto a la escritura íbera, que «empezaron a interesarme estas cuestiones, en muy verdes años» (Gómez-Moreno, íbidem, p.253).

Para lo que nos atañe –publicaremos una semblanza completa de D. Manuel en un próximo post– comprobamos que cuando hizo su hallazgo, se hallaba culminando uno de sus empeños «de toda la vida», enumerando obras y personas que marcarían sus comienzos en epigrafía íbera…Y de las que tendría que alejarse en busca de su propia sistematización.

El caso del berlinés Emil Hübner (1834-1901) -hijo de pintor y crecido en un ambiente culto- quizá sea el más paradigmático, tratándose de un importante epigrafista, profesor de filología clásica en la Universidad de Berlín y que durante su vida sintió una atracción por España tanto en lo personal como en su propio campo de investigación. En el caso de Granada, su contemporáneo Manuel Gómez-Moreno González habría de ser su corresponsal, y como hombre tremendamente ocupado que era, hubo de descargar algunas responsabilidades en su hijo adolescente, tal como componer los informes que Hübner le solicitaba, cosa que el alemán no descubriría, con gran sorpresa, hasta conocerle durante una viaje a Granada, trabando amistad con el joven, a quien encomendaría cada vez más misiones de naturaleza epigráfica.

Emil Hübner

Pese a la admiración mutua -Hübner consideraba a Manuel Gómez-Moreno, por su brillantez, como una joven promesa de la epigrafía– nuestro autor hubo de desviarse de las tesis su amigo por considerar que «a pesar del afecto que al autor me ligaba, empecé a desviarme, acabando por creer que todo su aparato sobre iberismo era problema de método admirable sobre un fondo desmedrado e inseguro» (Gómez-Moreno, íbidem, p.253 ).

A partir de ese momento un trabajo de décadas daría finalmente fruto en 1948, cuando Gómez-Moreno pudo probar una hipótesis que casi había obtenido, en sus propias palabras, a tientas. Valiéndose de su formación en griego, se basaría en su distribución de letras en vocales, consonantes mudas y semivocales. Sabía, por sus estudios anteriores en colaboración con Hübner, que había letras ibéricas que equivalían a sílabas, y pudo componer un método, a partir de letras mudas y oclusivas.

Sumado a lo anterior, comprobó la existencia de cinco vocales equivalentes a las castellanas, además de las consonantes l, r, m, n, y dos s. Además, tras probar varios métodos, observó la existencia de unas quince consonantes. La manera más rápida de comprobar la utilidad de su método radicó en lo legibles que eran los textos íberos originales y lo imposible que resultaban los probadamente falsos.

Tabla comparativa de caracteres, propuesta por Manuel Gómez-Moreno a la Real Academia Española de la Historia

No obstante, el que hemos descrito, de manera muy simplificada, es un sistema aproximativo: es sabido que no hay una correlación entre lenguaje y escritura similar a la actual, por lo que el conocimiento de la realidad lingüística de los pueblos de la Antigüedad siempre nos llegará sesgado.

No sabemos qué diría hoy don Manuel Gómez-Moreno si hubiese podido emplear las nuevas técnicas al servicio de la arqueología y las ciencias sociales en general, y aunque buena parte de su propio trabajo acabe superado por los nuevos epigrafistas, nadie podrá quitarle el mérito de haber dado con un sistema útil para conocer, en la medida de lo posible, un mundo cuyo conocimiento profundo nos está cada vez menos velado.

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      LECTURAS RECOMENDADAS

      GÓMEZ MORENO, Manuel, La escritura ibérica, en Edición digital a partir de Boletín de la Real Academia de la Historia, tomo 112 (1943), pp. 251-278, Real Academia de la Historia, Madrid 2013.

      LÓPEZ-OCÓN CABRERA, Leoncio, Manuel Gómez-Moreno en el Taller del Centro de Estudios Históricos, Internet Archive https://web.archive.org/web/20070607180231/http://www.ffil.uam.es/catalogo/madrid/ocon.htm

      TORIJA, LÓPEZ, Alicia, tesis doctoral, La lengua del sudeste peninsular en su contexto
      histórico arqueológico (siglos V a. C. – I a. C.), UCM, Madrid, 2017.

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