Siguiente parada: la muy granaína Plaza de las Pasiegas. Será que yo provengo de una estética urbana muy diferente porque cuando tomé conciencia, allá por mis locos años veinte, de la sorprendente belleza de la catedral y su entorno, planté sin querer otro poste en el que sustentar mis razones -o intuiciones- para quedarme a vivir aquí.
Por eso quizá no me costó demasiado hablar con cariño de la Plaza de las Pasiegas antigua y contemporánea. El único problema radica en hacernos una idea de una realidad extinta: ya no hay puestos de venta, ni siquiera el solado de la plaza era así hasta hace casi un siglo… Se han ido sucedicendo muy sutilmente las sociedades que tenían esta plaza como centro de sus solemnidades y, para nosotros, una cotidianedidad vulgar para sus contemporáneos y que sin embargo nosotros calificaríamos de «escena costumbrista».
Así que no resulta nada sencillo evocar al detalle lo que ese espacio pudo ser, pero sabemos imaginarlo bullicioso, algo pagano por las mezquindades del día a día; desierto en la obscuridad de la noche y perfumado de incienso y devoción durante la multitudinaria solmenidad religiosa.
Basta de imaginar: aquí os la dejo, en todo su esplendor la tantas veces remendada y destartalada Plaza de las Pasiegas, hoy pulida y abrillantada por el turístico calzado y el edilicio mimo de un ayuntamiento que sabe que si no cuida semejante escaparate, pierde por completo el honor.