Y al final la desfiguraron: la transformación urbana de Granada (1)

En nuestro post anterior ya hablamos sobre lo diferente que era la Granada nazarí de la Granada que conocemos hoy. En este nuevo artículo vamos a conocer la que posiblemente fue la transformación más profunda de la ciudad.

Y es que existe un enorme abismo entre la Granada que visitamos hoy y la que por siglos existió hasta «el otro día». A fines del siglo XIX llegaron los últimos resabios de la II Revolución Industrial – aquí no habíamos hecho ni la primera- y con ella la obsesión de una nueva burguesía local acomplejada con su polvorienta ciudad y tan ansiosa por incorporarse a los últimos adelantos urbanísticos de Europa. La modernidad llegó, como promesa de enamorado, con furia y vacío.

La destrucción del viejo París dirigida por el barón Haussmann
1853-1870, la génesis: el viejo París arrasado bajo intención de generar un urbanismo saludable, prestigioso y apto para controlar mejor al populacho que desde 1789 hacía una intermitente revolución tomando las calles.
El resultado: la ciudad marcada por el gusto y necesidades de una pujante burguesía, la que en realidad había hecho aquella revolución. Distritos bien conectados y un juego de perspectivas que recuerda a las avenidas de André le Nôtre en Versailles y otros parques de Francia.

Craso error: porque a diferencia de otras urbes, en Granada no se amplió la ciudad con un ensanche, en las afueras, sino que se copió el modelo establecido por el Barón Haussmann en el París de aquellos tiempos, el de la tabula rasa, racionalizando el centro urbano y dotándolo de una cierta uniformidad estética de corte neoclásico. Nuestra versión granadina comprende sólo tres grandes proyectos: la Gran Vía de Colón; el embovedado y alineamiento de la Calle Reyes Católicos hasta el actual Paseo del Salón y, como eco enormemente tardío, la creación de la Calle Ángel Ganivet a partir de 1942. Tres proyectos que han costado historia en cantidades imposibles.

Con todo, aquello no sería un emprendimiento desaforado: la burguesía tomaba el centro de Granada y le ponía su propio sello, porque este distrito había sido todo él un retrato del poder político. Mandaban otros y las afueras, como siempre, eran para la chusma.

la transformación urbana de Granada seria un imparable proceso modernizador que se llevaría por delante buena parte de la fisonomía de la ciudad
Como en París, burros y mulas acarrearon millones de toneladas. En carros se iría, con sus ladrillos, buena parte de la esencia de Granada.

Iglesias, conventos, palacios e infinidad de interesantes ejemplos de arquitectura popular flotan como entes en el espacio abierto de esta enorme avenida que es la Gran Vía de Colón, por la que paseamos cruzando un espacio habitado durante siglos, desde la Edad Media si no antes, y pisando el escenario de tantas historias personales borradas para siempre. Cruzamos fantasmales tapias, tabiques y patios sin saberlo, ignorando sus historias de amor, mediocridad, grandeza o muerte.

Si la historia es memoria, enseñanza o filosofía, también será nostalgia propia y sobre todo ajena, evocando espacios que ni tan siquiera han sido parte de nuestro paisaje vital pero que podemos imaginar y recrear hasta añorarlos gracias al archivo o la hemeroteca donde descansan, supervivientes, las páginas del ayer.

La Vega de Granada, cada vez menos virginal (los alrededores son actualmente el sueño del impersonalismo industrial soviético) y una ciudad a la que poco tardaría en llegar una modernidad devoradora y absurdamente igualitaria, que igualó por lo bajo, como siempre (perdón por el sesgo, pero este es un artículo de opinión).

Pero la llegada súbita de los adelantos industriales a un plácido paraje agrario, como era Granada a finales del siglo XIX, dejaría su frenética huella en la historia local, como quien pasa una lija sobre la pátina de un mueble muy antiguo, sumiéndolo, ya despersonalizado, en la desmemoria.

Decía uno de mis profesores, en la facultad de Geografía e Historia, que <<no se puede luchar contra las fuerzas emergentes de la historia>>. Sí, porque acabaríamos desbordados en un esfuerzo inabarcable. Pero creo que se puede acomodar lo mejor de lo antiguo a lo rompedoramente novedoso.

Resultado: Gran Vía de Colón en Granada a principios del siglo XX

Alguien que era de esa opinión, superviviente nato a los tumultuosos tiempos de la Revolución Francesa, era Charles-Maurice de Talleyrand, quien en el otoño de su vida viajase por placer a Venecia y dejase escrito algo muy revelador:

<<Me gustaba pasear con Dorotea (Dorothée de Courlande) por aquellas calles que en nada había cambiado en siglos; detenernos en algunos cafés y saborear pescados y vinos de aquella tierra. ¿Y esa Piazza di San Marco sin igual en el mundo?>>[…] ¹

Esto se podría extrapolar al caso de la transformación urbana de Granada. He querido citar este texto porque no pertenece a ningún diario de viajes al uso, sino a unas memorias muy íntimas destinadas a ser leídas exclusivamente por el político Adolphe Thiers, discípulo del autor. Aquí, en este insignificante párrafo encontramos la esencia del turismo enunciada en sus albores. ¿Acaso no es lo que buscamos ahora, individualmente o en masa, cuando viajamos? Paisaje, gastronomía, Patrimonio Histórico

¿Qué sucede entonces cuando los habitantes de una ciudad generan una transformación masiva como la de la Gran Vía? Que seguramente van borrando la historia de una ciudad que más allá del topicazo de la Alhambra, los miradores, el flamenco o las tapas, sigue buscando una consciencia clara de sí misma, precisamente porque su propio urbanismo está tan mutilado.

También caería Cetti-Meriem, aquél palacio quizá construido entre finales del siglo XIV y principios del siglo XV. Convertido en Casa de los Infantes por la familia Granada-Venegas, todo él fue espejo del paso de la Edad Media a la Moderna y su alma, de madera, caería pese a las débiles quejas de la Comisión de Monumentos. La Gran Vía fue un gran negocio y a nadie interesaba aquella «carnemomia» de los siglos.

Invito al lector a pensar en su propia localidad, la que sea, y que piense en cómo ha crecido y de qué forma se ha transformado. Han sido los mismos vientos modernos que todo lo hacen aburridamente homogéneo: con materiales importados, diseños importados, estándares de todo tipo…

De suerte que en Granada hay mucho aún por ver, pero permítanme soñar con todo lo que pudimos visitar, sin tampoco reclamar la fosilización de un espacio hecho para ser habitado y estar vivo. Pero sólo por un momento pensemos en la joya que como ciudad Granada pudo ser.

Si al lector aún le quedan ganas de profundizar en la materia, qué mejor que recomendarle el excelente artículo de Gabriel Pozo Felguera, periodista meritoriamente preocupado por estas lides.

¡Hasta más ver!

¹ ÁLVAREZ, José María, Yo Talleyrand (El manuscrito de Palermo), Barcelona, Planeta (1994).

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