El Paseo del Salón y de la Bomba en Granada: cuando un árbol nos cuenta su historia desde 1926

Iluminaciones y adornos en el Paseo del Salón de Granada a principios del siglo XX

Todo un acontecimiento: el Paseo del Salón significaba la verbena, una de las grandes ocasiones para divertirse y disfrutar de música, espectáculos e iluminación. Los titiriteros y los animales amaestrados solían estar en la vecina Plaza del Humilladero, para solaz de los catetos (tal como aseveraba la prensa de principios del siglo XX).

En Europa sobran paseos y paseantes. Quizá sea casi imposible tocar la sensibilidad de un saturado lector al que sólo le quede la Luna como objetivo viajero, habiendo pisado, larga o brevemente, tantos países del Orbe. Sin embargo, ante esa incapacidad de asombro general, en un mundo en el que lo que no se vive en primera persona se vive en vídeo, profundizar será antídoto natural del tedio y garante de toda nueva sorpresa. Hoy, por ejemplo, toca rascar en un lugar tan granaíno como son los Paseos del Salón y de la Bomba.

Año 2020, no se aprecia demasiado, pero quienes disfrutaban del Paseo del Salón en otoño tenían que llevar mascarilla, además de algún artilugio para recoger las “cositas” producidas por sus queridas mascotas.

Si alguien pregunta qué tienen de especial estos espacios, unidos indivisiblemente, la respuesta será de corte metafísico: su alma, el alma de sus habitantes. A diferencia de muchas otras áreas del denominado verde público, estos paseos no se crearon deliberadamente para esparcimiento de los vecinos o puesta en valor de los edificios, que también, sino que toma el testigo de un lugar público bastante antiguo.

Ya desde el siglo XVII, el margen norte del río Genil era lugar de recreo y copia de los usos de la Corte, donde se paseaba a pie, a caballo o en carro mostrando galas y condición social, donde los encuentros amorosos entre el arbolado serían frecuentes y a buen seguro no tendría lugar la madrileña estampa de las parejas desnudas dándose un baño: el Genil, tristemente, no es ni fue lo suficientemente caudaloso.

El puente zirí (mal llamado romano) sobre del Genil. Las pinturas de Juan de Sablís, puro documento gráfico del siglo XVII, ardieron en 1982 durante el incendio del Palacio Arzobispal, de suerte que se conservaban copias de los años de 1930 en el museo de la ciudad, la Casa de los Tiros).

Durante el siglo XVIII, el Paseo del Salón acabaría por ser espacio de celebraciones populares abandonándose la Plaza de las Chirimías -no siempre- y competiría con otras áreas arboladas cercanas, tales como el Paseo de Armilla (aprovechando la carretera que llevaba a aquel municipio), el paseo de San Antón (situado entre el Genil y los límites que esa calle tenía por entonces) o el de los Padres Escolapios, en el margen sur.

Lo que observamos a la derecha sería el largo Paseo de los Colegiales existente durante el siglo XVIII, incluso aparenta haber gente y carruajes dando el paseo vespertino. Esta vista está tomada desde el emplazamiento de las calles Corralillo de Ganivet o desde Santo Sepulcro de la Quinta, un poco más a la derecha, vemos un caserío donde ya habría algún molino que aprovechase la corriente de la Acequia Gorda del Genil.

No obstante, el que se hallaba dotado de seis fuentes ornamentales -desde principios del siglo XVIII- y dimensiones dignas sería el de los Colegiales, que entonces era uno y hoy abarca toda la superficie del Paseo del Salón y de la Bomba. Sin embargo, el gran desarrollo y protagonismo llegaría durante el siglo XIX.

Con el liberalismo, llegó el momento de organizar de manera racional el arbolado, además de dotar a este espacio de jardines situados junto al río, generando un entorno delicioso y propio de cualquier gran ciudad europea. Además, comenzó la costumbre de hacer actos públicos y celebraciones multitudinarias en un espacio como este, que quizá era el único apto y digno para acoger a tanta población. Por supuesto, el patio circular del Palacio de Carlos V en la Alhambra seguiría siendo el sancta sanctorum de las grandes recepciones de corte más elitista.

Con la electricidad se convertiría el Paseo del Salón, en un auténtico salón de baile. Aún me pregunto si en estos usos está el verdadero origen del nombre…

En suma, el resultado será el de trazados elípticos en sendos paseos, atractivos para avecindarse y ocupados por la burguesía que no deseaba el bullicio de la Gran Vía de Colón, iniciada a finales del XIX. Además, los paseos unían a la ciudad con la carretera que conduce a Sierra Nevada, llegándose a concebir la idea de generar un inmenso parque que llegase a tocar el gran valle del Genil y acercase definitivamente la urbe a la montaña, lo que finalmente no se realizó.

Con todo, restaría un espacio enormemente atractivo que acabaría por verse circundado por mansiones burguesas y lo que acabaría por ser un pequeño remedo de “ciudad jardín”, tan propia de principios del siglo XX e influencia británica, como es el barrio de Escoriaza.

Los cedros del Himalaya que se plantaron en 1926

Llegó a tener diez y seis metros de altura y se situaba no muy lejos de la actual Biblioteca Pública Municipal, alimentado por la humedad del Genil. El cedro del Himalaya, cuyo tocón observamos aquí, se plantó en 1926, en pleno gobierno de Miguel Primo de Rivera y por tanto, las postrimerías del reinado de Don Alfonso XIII.

Hoy, nuestro ejemplar es todo él un testimonio de nuestro mal llamado progreso. Sus anillos nos dicen que a mitad de su vida comenzó a crecer cada vez menos por el ambiente o el estrangulamiento de tantas aceras y bordillos. Y pese a todo, sus raíces nunca dejaron de abrazarse a los otros cedros de su misma especie, como si pudiésemos calificarlo del más gregario de los árboles: este cedro del Himalaya nunca dejó de estar reunido en un espacio de congregación humana como es el Paseo de la Bomba.

Presenció este árbol no pocos días del Corpus, aquella locura iluminadora llena de bombillas en arcos que ocupaban todo el Paseo del Salón, llamado así supuestamente por los Salom, una familia semita de banqueros que tenían allí la sede de sus negocios, pero que desde 1892 era oficialmente el Paseo de Colón, por situarse allí el Monumento a las Capitulaciones que hoy corona la Gran Vía. En su inauguración generó una algarada destructora, de gentes enfurecidas por confirmarse la ausencia de la Reina Regente en los actos, arrasando las gradas instaladas para la ocasión.

Nuestro árbol supo del advenimiento de la II República, del ambiente de celebración que se tornaría, sólo cinco años más tarde, en el drama del extremismo político y su consecuencia en forma de Guerra Civil.

Durante el franquismo, los hielos de hambre y posguerra, una de las más largas que conocemos en este país, acabarían por transformarse en un progreso de más derribos de edificios históricos, más tráfico rodado y con él más contaminación y más humos: sólo hay que ver las anillas del tocón para entender que el humo, empezó por asfixiar lentamente a los árboles.

Por último, la margenación del río, ocurrida a fines de del siglo XX, quizá acabase por dar su tiro de gracia a nuestro cedro del Himalaya, que comenzó a decaer hasta hacerse necesaria su tala, casi simbólica, si atendemos a que tuvo lugar en el fatídico año de 2020. Vamos a ver qué dice la leyenda situada junto a su actual tocón. El texto nos habla de un estudio dendrocronológico (el estudio de las anillas del tronco para conocer su evolución y la influencia del medio en el que se encuentra, desde el clima a la presencia humana).

Transcripción: “Cedrus deodara (Cedro del Himalaya)

Especie perteneciente a la familia Pinaceae, nativa del oeste del Himalaya, donde vive a 1500-3200m de altitud. Porte cónico que alcanza los 40-50m de altura con un tronco de tres metros de diámetro.

Las hojas son aciculares de 2,5-5cm de longitud y 1mm de ancho, de color verde brillante o verde o verde-azulado. Las piñas son de 7-13cm de longitud y 5-9cm de ancho, se deshacen cuando maduran para lanzar semillas aladas.

El 4 de septiembre de 2007 se declaran como Bien de Interés Cultural con la categoría de Jardín Histórico, los Paseos y espacios ajardinados del Genil en la ciudad Granada.

El tocón que aquí se encuentra pertenecía a un ejemplar de 94 años de edad que alcanzó 16m de altura. Llevaba al menos dos décadas presentando síntomas de decaimiento, y en 2017 comenzó un proceso acelerado de regresión, con pérdidas de brotación y vitalidad, cada vez más acentuadas. A pesar de los diferentes tratamientos llevados a cabo para intentar su recuperación, por parte del Departamento de Jardines del Ayuntamiento de Granada, finalmente en marzo de 2020 dejó de tener hojas verdes. Se procedió a su tala con fecha 24 de septiembre de 2020.

Mirando el corte transversal de sus anillos, se pueden apreciar sucesos curiosos como registro escrito de sus primeros años de vida:

  • En sus primeros 20-30 años el crecimiento del ejemplar fue espectacular. Incluso llegando a incrementos anuales de más de un centímetro, cosa extraordinaria para su especie.
  • Por el contrario, también se observa ese decaimiento que lleva sufriendo estas últimas décadas, con crecimientos que apenas alcanzan el milímetro anual.
  • Podemos ver el crecimiento en los años más lluviosos o incluso la afección de las obras del Paseo del Salón.

Es interesante valorar que este ejemplar sigue unido al resto de árboles del jardín por una red de raíces entrelazadas que componen este pequeño bosque subterráneo. Este cedro dio sombra y refugio a los habitantes de Granada durante casi un siglo. Es justo que sea recordado por ello.

Con este árbol se ha ido una sombra, la que cobijó a tantas parejas, a tantas discusiones de toda índole, a familiares que ya no están con nosotros. Es un testimonio vegetal, mudo y a veces lo tenemos como poco importante, pero en realidad no ha dejado de tomar parte en todas las fotos de los últimos noventa y cuatro años. Sí, ha vivido la historia de lejos, pero podríamos decir, mirando unas anillas cada vez más hacinadas unas con otras, síntoma de su atrofia, que es un árbol que de algo nos está advirtiendo.

Que su ejemplo nos guíe, que nos inspire la serenidad de los árboles y abandonemos tan humanas locuras, que parecen con mucho más fáciles compañeras que el raciocinio y la cordura.

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