Intimidades de un Palacio de la Alhambra ♜ (Parte 1)

El Palacio de Comares, íntimo y ceremonial a la vez

La foto del principio lo dice todo. No construyeron hacia arriba sino que elevaron sus palacios hacia cielo. Si aquel faltase, los techos se tapizarán de constelaciones lígneas y jugarán a ser el firmamento. La idea paradisíaca del jardín celeste se impone con la fuerza de tantos colores que le faltan hoy a las yeserías de este palacio de la Alhambra. Tan a la vista, tan escondido.

Dos pequeños capiteles, mucho más viejos que las demás construcciones que los circundan, observan desde hace siglos, como asombrados, la majestad de aquella fachada que tienen enfrente, por todo el mundo conocida, que se ufana de ser el portal de la gloria de una dinastía, la Nazarí, que bien la supo blasonar allá a donde llegase su poder.

Justo bajo el alero se puede leer un poema atribuido al doble visir -el más importante consejero, por evitar usar la moderna expresión de «ministro»- ibn Zamrak allá por 1370, cuando se descubriese el texto por primera vez. Poetas y políticos a la vez -qué lejos está todo eso del duro presente- eran gentes cultas y refinadas los que vivían aquí, capaces de hacer hablar en verso a una fachada, cuya voz surge entre las geométricas plantas del jardín parietal al que tiempo hizo palidecer:

«Mi posición es una corona, mi puerta la frente: en mí occidente envidia al oriente,

Al-Gani Bi-Llah (1) me ha encomendado, que con premura abra a la victoria que llama,

pues aguardando estoy a que él aparezca, como el horizonte a la mañana revela,

¡Hizo Dios tan buena su obra, como buenos son su carácter y su figura!»

(Traducción de José Miguel Puerta Vílchez en «Leer la Alhambra«, Edilux 2011, Granada)

(1) Se refiere al Sultán Muhammad V (1354-1459-1362-1391)

Se inauguró esta fachada con un fin preciso, festejar las victorias del sultán Muhammad V, expulsado por un golpe de palacio en su primer reinado y victorioso tras años de exilio en los que recuperó con fuerza su trono y quiso significar él mismo una llama de esplendor que alumbrase las esperanzas del menguante Al-Ándalus.

Tantas son las salas de palacio, que buscamos una de las más pequeñas que flanquean el trono del Sultán: dentro de lo más público podemos encontrar, por momentos, un rincón íntimo. Si estuviésemos en el siglo XIV o el XV, e incluso el XVI, tras la conquista cristiana, no habría tanta gente como comenzó a venir desde los años de 1990. Sí, público era este palacio, mas una vez se acabase el pertinente ceremonial del día, pasaba a ser privado. Curiosamente, siendo hoy del más público dominio, visitado por todos, cuando se cierra cada día, quedando vacío, vivirá Comares la total soledad, la noche y su sombra.

De día, la luz juega aquí y allá con el relieve del jardín de yeso y el plateado reflejo de la cerámica, que rivaliza en brillo con el agua de los estanques y las acequias. Por la mañana, el Sol sigue levantándose y la manta de oscuridad que nos cobija empieza a menguar peligrosamente. Démonos prisa: vayamos hacia otro lugar.

El Patio de Comares, puerta del tiempo y un secreto final

Justo al salir de la Torre donde el Sultán tenía su trono, miramos hacia arriba -por enésima vez- y encontramos la delicadeza del dibujo que adornan los mocárabes -esos pequeños trapecios que invaden todo lo alto- como si la vista pudiera alcanzar aquellos detalles tan elevados, como si se hubiesen creado para mezclarse y seguir confundiendo, a golpes de matemática perfección, al espectador.

La unión entre el Islám y el Renacimiento cristiano

Nos vamos a otro rincón, casi nadie repara en él pero ahí sigue, escondido dentro de una de las casas laterales que rodean el patio de Palacio y su inmensa alberca: es la escalera que comunica con otro palacio.

Ya se perdió su alma doméstica, porque en el siglo XVI derribaron una de sus paredes para dar cabida a una escalera que permite elevarnos desde la Edad Media y el Islám al Renacimiento y el cristianismo convulsionado por la Reforma protestante de aquél siglo XVI que alumbró el Palacio de Carlos V.

El César Carlos la mandó hacer no por capricho: amaba los palacios conquistados a los sultanes de Granada y quería seguir disfrutándolos, buscando acceder desde la modernidad de su nueva obra, más abierta a la vida de la Corte, y quizá convirtiendo los viejos Palacios Nazaríes en algo aún más privado y exclusivo.

Hay otro rincón bellísimo en la galería Sur del Palacio de Comares. Tampoco nadie repara en esto, siendo uno de los mejor conservados ejemplos de dibujo y pintura original. Rota la bóveda, aún descolla su belleza.

Durante la obra del Palacio de Carlos V, cuando se intentaba unir el nuevo palacio de corte italiano a la vieja morada de los sultanes, tuvo lugar un accidente: quizá el derribo de algunos muros perimetrales reveló una estructura demasiado endeble que tembló. Y el primer elemento en caer hubo de ser el más delicado: la pequeña bóveda lateral de mocárabes.

Entre las desgracias, sólo a veces, recogemos alguna virtud: descubrimos algunos pedazos caídos -hoy en el Museo de Arte Islámico de la Alhambra– en cuyo reverso aparecen las huellas de las manos, aquellas manos medievales y expertas, de los artesanos.

Y nos vamos recordando esto al lector de tiempo industrial: todo aquello que veas aquí, no son más que huellas sabias de almas y de manos.

El patio de Comares justo al cierre del monumento Alhambra

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Alfredo J. Falcón

Guía Oficial de Turismo por la Junta de Andalucía GT/03160, Licenciado en Historia por la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC) y Máster en Conocimiento y Tutela del Patrimonio Histórico por la Universidad de Granada (UGR).

Dedico mi vida a la historia, casi todo lo que hago tiene alguna relación con ese motor de mi vida. Para mí, ser guía intérprete del Patrimonio es una forma de revivir e incluso sacar del olvido lugares, personas y objetos para que vuelvan a brillar a la luz de nuestro tiempo. Desde el turismo, al mundo del arte y las antigüedades como al del arte digital, me siguen moviendo los vientos constantes de la historia.

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