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8 de marzo 2022 | Vida de la mujer musulmana en Granada durante el periodo andalusí |

A estas alturas, el año pasado, hablábamos de cómo fue la vida de nuestras antepasadas íberas y romanas. Y claro, no es ningún secreto que la época musulmana (especialmente la nazarí -de 1238 a 1492-) es la más conocida de la historia de Granada, pero, ¿sabes cómo era la vida de la mujer musulmana en Granada en aquella época? Pues hoy, 8 de marzo de 2022, te lo contamos.

Visión romántica de la mujer musulmana en Al-Ándalus

El clan: la organización familiar

La sociedad islámica del Reino de Granada era patriarcal y endogámica (el matrimonio se realizaba dentro del mismo clan para conservar la cohesión del mismo). El clan (o lo que es lo mismo, grupo familiar extenso) era la base de aquella sociedad. Dentro del clan, el honor y la fuerza de la sangre eran de enorme importancia.

Al tratarse de una sociedad patriarcal, era en el hombre donde recaían tanto la autoridad como el prestigio social. Por otro lado, en la mujer recaía el honor familiar, por lo que había que protegerlas en el ámbito doméstico. Las casas de todos los miembros del clan estaban unidas, formando manzanas, haciendo más fácil la protección de las mujeres del clan. Por esta razón también se construían las casas hacia el interior, sin apenas ventanas.

La mujer musulmana en Granada y los espacios públicos

Para conservar ese honor familiar del que acabamos de hablar, la mujer debía permanecer en el interior de la casa. Cuando más importante era una familia o un clan, mayor era la honra a proteger, por lo que, cuanto más importante era una familia, menos libertad tenían sus mujeres. Las salidas al exterior que no estaban mal vistas eran la visita a la mezquita, al cementerio o al baño público, siempre acompañadas de familiares y otras mujeres, nunca solas y siempre por calles poco frecuentadas, evitando las calles principales.

Las mujeres de clases sociales más bajas, por lo tanto, tenían más libertad fuera del hogar, ya que debían colaborar con la economía familiar y acudir a los zocos a comprar víveres, ir a por leña o a por agua. No podemos olvidar que la mujer, en la historia, siempre ha estado ligada a la producción y conservación de alimentos. En cuanto a esto, otra de las funciones domésticas de la mujer andalusí fue la elaboración de pan. Si en su casa no tenían horno propio, tampoco estaba mal visto que la mujer fuera a la tahona a hornear el pan y los dulces (los más apreciados, con frutos secos y miel, por cierto).

Por supuesto, durante estas salidas, las mujeres debían llevar velo y una serie de prendas que disimularan sus formas. De su cuerpo, solamente podían verse las manos y parte del rostro.

Otro de los espacios públicos a los que acudían las mujeres era el hammam o baño público, siempre con días, horario o incluso edificios diferentes a los hombres. Aunque la función principal del hammam era la purificación religiosa y la higiene, también era un lugar destinado a la diversión, sociabilidad e incluso belleza y cuidado corporal, como la depilación. Además, las mujeres solían ir al hammam al menos una vez por semana para purificarse religiosamente tras encuentros sexuales, la menstruación o el parto. Y por supuesto, siempre acompañadas de otras mujeres, nunca en solitario.

El Bañuelo, el hammam mejor conservado de Granada

Además de estas salidas, hay que mencionar también la celebración de bodas, entierros, Ruptura del Ayuno, Fiesta del Cordero o incluso fiestas paganas (como las relacionadas con los ciclos estacionales, cosechas…), en la que hombres y mujeres se reunían.

Y hablando de estas celebraciones, tampoco podemos pasar por alto que, en época nazarí, a la mujer se le atribuían habilidades especiales para la música y el baile, dos actividades relacionadas con cualquier fiesta. Y por eso era bastante común que cantoras o bailarinas, normalmente esclavas, amenizaran estas celebraciones.

La mujer musulmana en Granada dentro del hogar

Como ya hemos visto, una de las pocas salidas que les estaba permitida hacer a las mujeres era ir a por agua para la vivienda o el lavado de la ropa. Las mujeres se encargaban de transportar el agua desde el río, una acequia, una alberca, una fuente o un manantial, utilizando jarras o cualquier otro recipiente de barro cocido.

Por lo demás, se sabe muy poco de cómo transcurría la vida cotidiana dentro de las casas. Pero, en cuanto a la mujer, sus vidas girarían en torno al cuidado de la casa, esposo e hijos (y cualquier otro miembro de la familia). Además, eran ellas las que barrían, las que cocinaban, las que mantenían el fuego, las que colocaban las alfombras y las que cuidaban a los enfermos y a los ancianos. Por supuesto, en casas de más dinero, se contaba con servicio doméstico y la mujer tenía menos que hacer en la casa.

En resumen: la vida de las mujeres andalusíes giraba en torno a ser madres y esposas y a realizar todos o la mayoría de los trabajos domésticos.

A día de hoy se siguen conservando telares, ruecas, agujas dedales, punzones, botones, husos, pesas de telar… Adivinad quién se encargaba también de la confección y mantenimiento de textiles… Aunque, según el derecho islámico, la mujer casada no estaba obligada a hilar, tejer o coser para extraños. las mujeres de más baja condición hilaban, bordaban, tejían y cosían para la familia, vendiendo el excedente en los zocos. En cuanto a las materias primas, por cierto, destacaban el lino, la lana y la seda (el material más elegante y costoso).

La mujer musulmana en Granada y su religión

El Corán describe a la mujer como igual al hombre en cuanto a la religión, por lo que tanto unas como otros debían cumplir los cinco pilares del Islam: profesión de fe, oración cinco veces al día, ayuno, limosna y peregrinación al menos una vez en la vida a La Meca.

Sin embargo, las mujeres siempre se encontraron con una serie de obstáculos a la hora de practicar el culto libremente. Por ejemplo, no tenían que ir a la oración de los viernes en las mezquitas las menstruantes (impuras), las que acababan de dar a luz, las mujeres casadas jóvenes, las vírgenes… De hecho, muchos autores y juristas de la época apoyaban la no obligatoriedad (e incluso la prohibición) de las mujeres de asistir a la mezquita, alegando que podían orar en sus propias casas o reunirse en casa de alguna vecina para hacerlo en comunidad.

Si la mujer acudía a la mezquita, debía llevar velo e ir acompañada. Por supuesto, en el interior de la mezquita, hombres y mujeres estaban separados. En las primeras filas se situaban los hombres. Detrás, los muchachos jóvenes y, claro, las mujeres casadas al final. Las jóvenes solteras no tenían obligación de acudir a la mezquita, pero si lo hacían, debían ir completamente cubiertas y se colocaban en saqifas, que eran unas galerías, un lugar apartado y reservado para ellas. Al concluir la oración, eran ellas las primeras en abandonar la mezquita. De hecho, algunas mezquitas tenían incluso puertas destinadas solamente a las mujeres.

La mujer también quedaba excluida de otras actividades religiosas. Por ejemplo, no podían participar como combatientes en la guerra santa, ni dirigir la oración. Efectivamente: en la teoría, mujeres y hombres eran iguales, pero en la práctica todo era muy diferente.

Lo más curioso es que, a pesar de todas estas prohibiciones, en al-Ándalus existieron unas mujeres llamadas santas, unas mujeres místicas, castas y puras, que se dedicaban a la piedad, contemplación y devoción. Tuvieron cierta proyección social, pero nunca equiparable a la de los hombres. De hecho, las tumbas de algunas de ellas fueron veneradas como fuente de baraka o bendición.

La mujer musulmana en Granada y el matrimonio

Para el Islam, el matrimonio era el estado ideal para la mujer. Se trataba de un contrato que, para ser validado, debía superar una serie de condiciones especiales.

Este contrato podía además incluir cláusulas como la de ausencia (que establecía los límites de separación del marido fuera del hogar) o la de la monogamia (el marido se comprometía a no tomar a ninguna otra mujer ni concubina mientras estuviera casado). Hay que tener en cuenta que a los hombres se les permitía tener hasta cuatro esposas legales y todas las concubinas que deseara. Las mujeres estaban obligadas a la más estricta monogamia. Eso sí: el Corán obliga a los esposos a ser equitativos con todas sus esposas y a mantenerlas a todas. Es por esta razón que la poligamia solía practicarse más en las familias soberanas y acaudaladas, ya que no salía barato tener mas de una esposa.

Además, este contrato establecía derechos y deberes tanto para el hombre como para la mujer. El contrato lo firmaban el tutor de la novia y los testigos y debía constar el consentimiento de la novia. Entre las cláusulas del contrato debía aparecer la dote y las condiciones de pago. Esta dote se dividía en dos partes, pagándose la primera en el mismo momento del matrimonio y la segunda en un plazo determinado y acordado o ante un divorcio o fallecimiento del marido.

Para terminar de validar este contrato, se celebraba un festejo nupcial con banquete, música, cante y baile.

Una vez casados, como ya hemos dicho, el esposo debía mantener a la(s) esposa(s) y que a esta no le faltara la nafaqa (comida, alojamiento y vestimenta). Además, tenía la obligación de cohabitar con ella(s), consumar el matrimonio, tratarla(s) bien y autorizarla(s) a recibir visitas de familiares.

La mujer también tenía obligaciones dentro del matrimonio. Debía habitar en el domicilio conyugal, cumplir el deber matrimonial, ser fiel y obediente y, por supuesto, encargarse del cuidado del hogar y de la familia.

¿Existía el repudio?

Efectivamente. Se trataba de un derecho unilateral, además de ilimitado, para el hombre, por el que quedaba disuelto el matrimonio. Y es que el marido, al disponerlo, no tenía que justificar su decisión. Sólo tenía que pagar a la esposa repudiada la segunda parte de la dote y hacerse cargo de su manutención y la de los hijos menores de edad en el caso de haberlos.

Las mujeres no podían repudiar al marido pero sí podían deshacer el matrimonio dando al marido una compensación económica o recurriendo a la ley solamente en caso de abandono, ausencia injustificada del hogar, malos tratos, enfermedad o locura, impotencia… Pero sólo su palabra no valía, por lo que debía presentar testigos y documentos para demostrarlo. Y además, pocas mujeres disponían de medios para esa compensación económica, por lo que ese divorcio permitido en la teoría no era del todo factible en la práctica.

Mucho hemos avanzado en cuanto a igualdad y derechos desde aquella época nazarí que nos fascina pero que para nosotras no debió ser nada fácil. Sin embargo, hay que seguir luchando por esa igualdad absoluta que todavía no se ha logrado, alzando la voz pero sin gritar y sin despreciar ni infravalorar a nadie. En recuerdo de nuestras tatarabuelas íberas y romanas y el de nuestras bisabuelas andalusíes. Por todas las que fueron y por todas las que serán…

Guía oficial de turismo e intérprete del Patrimonio en Granada, España

Maribel Contreras Sola

Guía Oficial de Turismo por la Junta de Andalucía GT/03682, Licenciada en Filología Inglesa y Máster en Enseñanza del Español como Lengua Extranjera, por la Universidad de Granada (UGR).

Mi trabajo consiste en convertir Granada en un libro abierto al visitante, en la divulgación rigurosa del conocimiento que creo, son factores que han marcado y definen mi experiencia laboral. Amo escribir acerca de Granada, es una forma de vivirla más intensamente y más personal.

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